México D.F. Miércoles 30 de enero de 2008
George W. Bush entregó su octavo y último informe
presidencial. Sorprendió el número de interrupciones por aplausos
durante el discurso. Y es que Bush parecía un buen orador, capaz de
hilar ideas y concluir una oración. No cabe duda, la tecnología
hace milagros: el tele-prompter permite dar esa impresión. Pero
desgraciadamente todavía no proporciona subtítulos en
español. Para suplir esta carencia ofrecemos la traducción sin
censura del informe.
Honorable Congreso de
Esta elite financiera-corporativa es mi base electoral. Son pocos, pero
tienen toda la plata del mundo. Así que por eso no me preocupa que esta
noche mi rating de aceptación sea de apenas 34 por ciento. Y no
me preocupa porque además yo voy de salida y logré casi todo lo
que se propuso Dick Cheney y su cábala. Pueden estar tranquilos: desde
esta tribuna les aseguro que no abrigo ningún rencor contra esta turba
de mal agradecidos que desaprueba mi gestión.
Una prueba es que estoy enviando al Congreso un paquete de estímulos
fiscales por 150 mil millones de dólares. Como siempre, es un poco de
oxígeno para la golpeada clase media y los más beneficiados
serán los más ricos. Esperamos grandes resultados de este
paquete: servirá para atenuar la recesión que se nos viene encima
y, sobre todo, le quitará municiones a los candidatos demócratas
en estas elecciones.
Hay quien se pregunta, ¿qué pasa en la guerra contra el
terrorismo? Déjenme informarles de nuestros logros. Comencemos con
Afganistán. Ese país ha recuperado su lugar en la economía
globalizada y hoy, gracias a sus ventajas comparativas, es el primer productor
de opio en el mundo. Además, ahora los talibanes son más
populares que cuando estaban en el poder. La frontera con Pakistán es cada
vez más inestable y eso nos da la excusa perfecta para perpetuarnos en
esa región.
En Irak estamos ganando la guerra. Y cuando no, estamos ganando tiempo.
Nuestras bajas se han reducido por nuestra estrategia: hemos comprado las
tribus sunitas que antes nos atacaban, convirtiéndolas en milicias a
nuestro servicio. Algunos piensan que esa estrategia puede desembocar en un
gran baño de sangre. Cierto, es una bomba de tiempo, pero para cuando
explote ya habremos logrado nuestro objetivo.
¿Otros logros? No más fíjense en todos los demócratas
que están aquí reunidos esta noche. Ya se les quitó la
comezón por imponerle al Pentágono un calendario para retirarnos
de Irak. Hoy todos ellos entonan la misma canción sobre la guerra en ese
país: hay que lograr la victoria con honor y decoro.
A raíz de los arteros ataques contra el World Trade Center y el
Pentágono, nos alzamos como una sola persona. Pero ahora, seis
años después, hay más ciudadanos que no creen en la
versión oficial sobre el 11 de septiembre. Este escepticismo va
más allá de nuestras fronteras.
Es cierto que el talento de muchos científicos e ingenieros
estadunidenses independientes ha demostrado que la versión oficial tiene
más agujeros que una coladera. Pero me iré tranquilo a la noche
de la historia porque nadie les va a creer. Nuestras mentiras sobre el 9/11
están blindadas: si alguno las critica, de inmediato la gente le
preguntará si realmente piensa que hubo una conspiración desde el
poder. Y como eso parece inimaginable, nuestros críticos se hunden. O
sea, nosotros tenemos una historia que contar y ellos no. Un reconocimiento
especial para el vicepresidente Cheney y su equipo que tan bien planearon esta
obra de ingeniería sicológica que el mismo Goebbels
envidiaría.
Hay otro motivo de orgullo esta noche. Juntos, el Congreso y el Ejecutivo
hemos logrado imponer un nuevo récord. La marca de interrupciones por
aplausos en informes presidenciales la tenía Díaz Ordaz desde
1966. Hoy hemos podido romper esa barrera. Los aplausos que he recibido son
testimonio claro de la decadencia de la clase política de este gran
país.
Para concluir, quiero enviar un mensaje a nuestros soldados en la
línea de combate: no se hundan en el desaliento. Es cierto que la vida
en Irak es una pesadilla para los habitantes de ese país, pero
así aprenderán lo que cuesta la transición a la
democracia. A nuestros militares los invito a pensar en las paradojas de la
historia. Tenemos más armamento, pero se redujo nuestra seguridad.
Mañana al amanecer en las arenas del desierto piensen en el ocaso de mi
desacreditada presidencia. Sobre todo, recuerden que su sacrificio no es
inútil, pues sirve para prolongar la agonía de este imperio. Que
Dios los bendiga.