Tres problemas mancharon la reunión anual del Fondo Monetario
Internacional el fin de semana pasado en Washington. El primero se relaciona
con su incapacidad para detectar y mitigar la crisis del mercado de
crédito hipotecario en Estados Unidos. Esa crisis estalló en el
centro del mundo desarrollado, poniendo en evidencia que la inestabilidad sigue
siendo un rasgo dominante del sistema financiero mundial. La crisis obligó
al FMI a ajustar a la baja su pronóstico del crecimiento de la
economía mundial de 5.2 por ciento a 4.8, un telón de fondo nada
agradable para la reunión.
El segundo problema es que la magnitud de los flujos de capital y las
asimetrías en la economía mundial han convertido al FMI en un
juguetito que nada tiene que hacer en la cancha de los grandes. El colmo es que
hoy muchos países están liberándose de la carga de tener
que lidiar con el Fondo: desde Venezuela y Ecuador, hasta Argentina y Brasil. El
mensaje que envían apunta hacia la irrelevancia del organismo. Esto es
importante en el contexto actual, porque en estos dos últimos
años los países subdesarrollados han sido el motor del
crecimiento, y sus economías son las que han tenido que compensar el
colapso en la demanda agregada mundial.
La tercera mancha es que el avance en el plan de reformas del FMI es
insatisfactorio. El temor de que el Fondo se debilite empujó a Estados
Unidos e Inglaterra a promover algunas reformas. Pero en lugar de fortalecer la
legitimidad del organismo y promover mayor equidad, el paquete de reformas
propone ampliar la representación sólo para los países
subdesarrollados de más rápido crecimiento. El G-24 ya lo ha
dicho: esas reformas son poca cosa y llegan demasiado tarde.
Muchos analistas consideran que tanto los países en vías de
desarrollo, como los industrializados, tienen un claro interés en llevar
a cabo reformas más significativas en los próximos meses. Desde
esta perspectiva, el nuevo director gerente, Dominique
Strauss-Kahn,
tendría una buena oportunidad para comenzar su mandato introduciendo los
cambios exigidos por los países pobres desde hace dos décadas.
Pero hay nubarrones en el horizonte. Uno es el lento crecimiento de la
economía mundial, que fortalecerá las reticencias de los países
europeos para reformar el status quo. Otro obstáculo es que a finales de
2007 se divulgará la información sobre la contabilización
del PIB de los países miembros utilizando el criterio de la paridad del
poder de compra. Eso va a aumentar el tamaño del PIB de las dos
más grandes economías asiáticas, con serias implicaciones
para la distribución de cuotas y votos en el seno del Fondo. Es probable
que Estados Unidos y Europa resistan un plan de reformas sustantivas bajo estas
condiciones.
¿Qué le espera al Fondo? Se ha dicho que debería seguir
siendo el prestamista de última instancia, un papel parecido al de
cualquier banco central, pero aplicado a la economía mundial. Pero
aunque ese organismo desempeña algunas funciones parecidas a las de
prestamista de última instancia, hay grandes diferencias con las
funciones de un banco central. Por ejemplo, el FMI no puede aumentar la oferta
monetaria y por lo tanto no es el agente que permitiría salir adelante
en una crisis de liquidez sistémica. En su tiempo, los derechos
especiales de giro fueron una respuesta limitada a la falta de liquidez, pero
su alcance fue limitado. El volumen de recursos de que dispone el FMI hoy en
día es pequeño: sus fondos utilizables ascienden a 252 mil
millones de dólares, cantidad realmente reducida (para comparar, las
reservas brutas de
En última instancia, la amenaza mortal sobre el FMI es resultado de
su proclividad a imponer un paquete de política macroeconómica en
todos los países a los que pudo dominar en los últimos 20
años. Imponer el modelo neoliberal no era la misión del FMI (ciertamente
no está considerada en el convenio constitutivo del organismo) y es lo
que ha socavado las bases del organismo. El modelo neoliberal es
intrínsecamente inestable y los programas de ajuste estructural del
Fondo han dejado una economía mundial en profundo desarreglo. Desde esa
perspectiva, es posible argumentar que el FMI ha sido su propio peor enemigo.
Casi nadie se imaginó llegaría el día en que la agencia
calificadora Standard and Poors
reprendiera al FMI por el mal manejo de sus finanzas. Pero en septiembre la
calificadora reveló que el Fondo había perdió 110 millones
de dólares en el último ejercicio fiscal, porque sus ingresos por
intereses se desplomaron (consecuencia de la presencia de otras fuentes de crédito).
Pero esa no es la única humillación para el Fondo en el
crepúsculo de sus días. Lo peor que le va a pasar es que se va a
convertir en algo irrelevante antes de desaparecer.