En un artículo reciente Robert Fisk se queja de que la versión oficial sobre lo
acontecido el 11 de septiembre de 2001 deja preguntas sin respuesta (The Independent,
25 de agosto). Vaya, hasta que un periodista importante y con credenciales
respetadas en todo el mundo, se atrevió a decirlo. Pero, cuidado, Fisk mantiene su distancia, no sea que lo vayan a confundir
con los creyentes de la subcultura de los videntes y aficionados a los
platillos voladores. Muy bien, hay que respetar la cautela, pero eso no debe
afectar la lucidez.
El prestigiado periodista relata que siempre que habla en público
sobre este tema, hay una persona rabiosa que le cuestiona duramente por
qué no dice toda la verdad sobre los atentados de ese fatídico
día. Fisk le ha respondido que no tiene tiempo
para perder hablando de complots imaginarios. “Yo solamente soy el
corresponsal en Medio Oriente, no el corresponsal de conspiraciones”.
Según Robert Fisk,
el razonamiento decisivo es el siguiente: ¿cómo puede uno creer
que el gobierno de la mancuerna Bush-Cheney pudo organizar un complot para ejecutar los
atentados del 9/11? Esa mancuerna todo lo arruina y ha metido la pata mil
veces. ¿Cómo puede pensarse, insiste Fisk,
que fueron capaces de “organizar los crímenes contra la humanidad
perpetrados en Estados Unidos el 11 de septiembre”?
Pero, ¿quién dice que todo lo han arruinado? La agenda de la
administración Bush-Cheney
buscaba, entre otras cosas, el continuo desarrollo de los arsenales nucleares estadunidenses, la destrucción de
Por supuesto, el corresponsal de The Independent en Medio Oriente se refiere al desastre en
Irak. Pero aún ese embrollo estuvo siempre en los planes nefastos de
estos personajes para perpetuar la presencia invasora en la región.
Después de todo, la noción absurda (compartida por todo
político importante en Washington) de que “no podemos salirnos de
Irak porque habría una guerra civil” está cimentada
precisamente en este caos y desorden. Es más. Hoy Teherán
está siendo acusado por
El error de Fisk es caer en la trampa de Bush-Cheney. Vamos por partes. La
versión oficial sobre el 9/11 es una historia compacta y cerrada: unos
individuos fanáticos, armados de cutters
comprados en el Wal-Mart,
secuestraron aviones de pasajeros y los estamparon contra las Torres Gemelas y
el Pentágono; el impacto y el fuego causaron el desplome de los
edificios del WTC, provocando un número elevado de muertes.
Esta historieta puede leerse como un guión de televisión. Esa
es su única ventaja. Por eso los medios la han podido empacar bien y su
venta inicial fue un éxito. Pero tiene un problema: partes esenciales de
la historieta no se sostienen cuando se confrontan con un análisis
serio.
Robert Fisk ya conoce
las críticas más importantes a este relato. Los componentes
estructurales de las Torres Gemelas no pudieron ser destruidos por el impacto
de los aviones y el fuego. Por eso, la velocidad de caída libre de esos
edificios queda inexplicada en la versión oficial. Además, la
pulverización de miles de toneladas de concreto no pudo deberse a la
energía cinética del derrumbe de las torres (el balance
energético del derrumbe necesita una fuente de energía adicional
para explicar la pulverización). La torre WTC-7 (de 47 pisos) no
recibió el impacto de ningún avión, y sin embargo, se
desplomó de manera inexplicable sobre su misma planta, en caída
libre, haciéndose polvo la tarde del 9/11. Las altísimas temperaturas
en la cavidad del derrumbe no pudieron ser resultado del incendio provocado por
el combustible de los aviones y otros materiales en los edificios.
Pero Fisk cae prisionero de una pregunta
peligrosa: si el cuento oficial no te satisface, ¿cuál es tu
historia? Aquí es donde muchos críticos se pierden.
Es cierto que es difícil imaginar una conspiración capaz de
explicar los atentados. Esa es la principal defensa de la versión
oficial. Pero no es necesario especular sobre posibles conspiraciones para
cuestionar el relato oficial sobre los ataques del 9/11. Es más, es
indispensable evitar caer en ese juego de adivinanzas. Lo único que hay
que hacer es examinar la evidencia y preguntar ¿qué es lo que
sabemos y lo que ignoramos? Y lo que sabemos es que la versión oficial
hace agua por todos los costados. Eso debiera tener consecuencias penales en
Estados Unidos, pero ese es otro tema. Lo demás es, efectivamente,
especulación.