México D.F. miércoles 7 de febrero de 2001.
Rescatar la política monetaria
Las autoridades
del Banco de México presentan a la política monetaria como un
asunto técnico que no tiene nada que ver con la política. Esa
idea es falsa. La política monetaria se rige más por prioridades
políticas que por necesidades técnicas.
Según su
ley órgánica, el principal objetivo del
Banco de México es preservar la estabilidad del poder adquisitivo de la
moneda.
La estabilidad de
precios no es una mala idea. Al contrario, debería ser parte de una
estrategia económica bien articulada. Pero el Banco de México
todavía está dominado por el dogma monetarista de que la inflación
es en todo momento, y en todo lugar, un fenómeno monetario. En
consecuencia, para el banco central la estabilidad de precios se alcanza
contrayendo la oferta monetaria y provocando altas tasas de interés para
reprimir el crecimiento o inducir una recesión. En última
instancia, la recesión es considerada técnicamente indispensable
para alcanzar la estabilidad de precios. Poco importa que en el ámbito
académico y en el de la política monetaria en otros países
(como la del Bundesbank, en Alemania) aumentar el
desempleo para abatir la inflación sea una idea desprestigiada y
obsoleta.
Bajo el pretexto
de alcanzar la estabilidad de precios, la política monetaria del Banco
de México establece una recompensa extraordinaria al capital financiero
y sus actividades especulativas al mantener alta la tasa de interés
real. De este modo, el banco central intensifica la concentración de
riqueza que padecemos. Su política monetaria estuvo detrás del
escándalo de los Tesobonos, del Fobaproa, de la tolerancia de los altos márgenes de
intermediación en los bancos, y su actividad especulativa en los
mercados de divisas y de futuros. El alza de tasas de interés provocada
por los cortos es sólo otro ejemplo de esta perversión de
la política monetaria.
Aunque el
crédito bancario sufrió un desplome espectacular desde 1994, el
presidente de los banqueros en México afirma que las utilidades de los
bancos provienen del cobro de intereses sobre la cartera vigente. Esa
explicación muestra que el costo del crédito sigue siendo
altísimo, y que los márgenes de intermediación de la banca
continúan siendo exagerados.
Por otra parte,
dentro de esos intereses se incluyen los devengados por los pagarés del Fobaproa, que en el año 2000 recibieron del fisco 35
mil millones de pesos. Ese año la banca destinó más de 60
mil millones de pesos a financiar necesidades del sector público. La
mayor parte de ese monto fue para operaciones de refinanciamiento de IPAB-Fobaproa, mostrando a quién benefician las altas
tasas de interés inducidas por la política de cortos.
Mientras se restringe el crédito para la inversión productiva, el
capital financiero cosecha buenas utilidades.
Se necesita una
revolución en la forma de pensar la política económica en
México. Para ello es indispensable redefinir la articulación
entre política monetaria y política fiscal. Mientras la primera
siga obsesionada por alcanzar tasas de inflación de primer mundo, y la
segunda insista en alcanzar un superávit fiscal, la economía
mexicana seguirá sumida en profundas distorsiones y una atmósfera
de crisis crónicas.
Para dar un
primer paso en esta dirección, el Congreso debería aprobar una
resolución para reorientar la política monetaria hacia objetivos
de crecimiento equilibrado y reducción del desempleo, sin descuidar la
lucha contra la inflación. Por el momento, dicha resolución no
tendría poder vinculatorio, pero sería
una señal clara al Banco de México para dejar de subordinar su
política a los intereses del capital financiero.
El segundo paso
consiste en modificar el régimen legal del banco central. Aquí se
le puede tomar la palabra a Vicente Fox para revisar la Constitución. El
Banco de México se ha constituido en una especie de cuarto poder del
Estado, frente al Ejecutivo, el Legislativo y el Judicial. La diferencia es que
sólo rinde cuentas a la fracción de la población que
concentra la riqueza en este país, y a los inversionistas extranjeros.
La
autonomía del Banco de México ha sido presentada como
garantía para evitar que la intervención política
contamine la pureza técnica. Pero la autonomía no es una
franquicia para definir la política monetaria en un concilio al margen
de los poderes constituidos del Estado. La autonomía entendida como
sinónimo de independencia absoluta conduce a la subordinación del
banco central a las necesidades del capital financiero.
La moneda no es una tecnología que forma parte de una maquinaria económica. Es, ante todo, un objeto político. Es indispensable rescatarlo reorientando los objetivos de la política monetaria hacia el desarrollo y la eliminación de la desigualdad.